Comparar a Bad Bunny con Che Guevara no es una metáfora provocadora. Es una señal clara del vaciamiento intelectual de nuestra conversación política.
No estamos frente a un nuevo revolucionario. Estamos frente a un producto cultural extremadamente bien posicionado.
Y confundir ambas cosas es más que ingenuo es peligroso.
El Che —con toda su carga histórica, luces y sombras— representó ruptura real con organización, ideología, confrontación directa con el poder y disposición al sacrificio personal. Su figura pertenece a una época donde la política implicaba estructura, riesgo y consecuencias.
Bad Bunny pertenece al capitalismo tardío. Su discurso vive dentro del mercado global, no contra él. Su rebeldía está empaquetada, distribuida por algoritmos y monetizada por plataformas. No desafía al sistema: lo vuelve cool.
Llamar a eso revolución es como llamar subversivo a un anuncio de Nike. Aquí no hay toma del Estado. No hay cuadros políticos. No hay proyecto histórico. Hay branding identitario.
Como anticipó Guy Debord, vivimos en la sociedad del espectáculo: la representación sustituye a la realidad. Un performance basta para producir la ilusión de cambio. Pero el espectáculo no redistribuye poder. Solo administra emociones.
Desde la lógica de Antonio Gramsci, esto es hegemonía cultural sin correlato estructural: se moldean sensibilidades, pero no se transforman instituciones. Se genera conversación, pero no se mueven las reglas del juego.
Confundir visibilidad con incidencia es el gran pecado político de nuestra era.
Y aquí entra México.
Porque este fenómeno no ocurre en el vacío. Ocurre en un país donde la política real se ha ido reduciendo a narrativa, donde el discurso sustituye a la gestión, y donde amplios sectores progresistas prefieren símbolos culturales antes que debates serios sobre productividad, Estado de derecho, educación o crecimiento económico.
Nos hemos acostumbrado a una izquierda emocional: mucha épica, poca ingeniería institucional.
En este contexto, no sorprende que un cantante pueda ser elevado al rango de referente político. Es perfectamente coherente con una región que romantiza la retórica mientras posterga las reformas profundas.
Queremos revolución sin incomodidad. Justicia social sin responsabilidad fiscal. Cambio estructural sin pagar el costo.
Como diría Zygmunt Bauman, todo es líquido: causas fugaces, indignación exprés, compromiso descartable. Hoy la militancia dura lo que dura un trending topic.
El revolucionario del siglo XXI ya no arriesga la vida. Arriesga engagement.
Y eso explica por qué Bad Bunny puede convertirse en ícono político: porque hemos sustituido la acción colectiva por consumo simbólico. La protesta se volvió estética. La disidencia se volvió mercancía.
No es culpa del artista. Él hace música. La responsabilidad es nuestra por romantizar el espectáculo y llamar “transformación” a lo que apenas es representación.
El Che buscaba derrocar sistemas. Bad Bunny rompe récords de reproducciones. Uno hablaba de conciencia revolucionaria. El otro vende sudaderas. No son comparables.
Pero insistimos en compararlos porque hemos rebajado el concepto mismo de revolución.
Y en México eso es especialmente grave.
Porque mientras celebramos performances “contestatarios”, seguimos sin resolver lo básico: informalidad, inseguridad, baja productividad, educación colapsada, movilidad social estancada. Nada de eso se arregla con playlists.
Esta no es una nueva izquierda latinoamericana. Es política light para sociedades cansadas.
Tal vez la pregunta no sea si Bad Bunny es el nuevo Che. La pregunta incómoda es otra: ¿en qué momento América Latina —y México en particular— decidió cambiar la transformación por el entretenimiento?
Porque cuando la revolución cabe en un reel, cuando la conciencia social viene con patrocinadores, y cuando el liderazgo se mide en likes… ya no estamos haciendo política. Estamos consumiendo identidad.
